Desde la década de 1980, la calesita de la Plazoleta del Niño ha sido el escenario de las risas y la magia de generaciones de casereños. Su llegada fue fruto de una verdadera aventura comunitaria: gracias a las gestiones de la Liga de Madres, con la Sra. Nilda Ester Frean de Antonini a la cabeza, y el apoyo de vecinos como Carlos y Juana Astarloa, "Pocho" Piloni y Aurelio Cusinato, este tesoro viajó desde Villa Devoto para encontrar su hogar definitivo en Monte Caseros.
Originalmente ubicada cerca de la calle Alvear, hoy se erige como un punto de referencia indiscutido, mantenido a lo largo de los años por el esfuerzo compartido entre la Municipalidad, la Escuela Técnica, la Fábrica Textil y vecinos comprometidos.
Recientemente, la calesita atravesó un proceso de restauración integral que transformó su fisonomía, elevándola al estándar de los carruseles clásicos:
Diseño: Estructura en fibra de vidrio con estética veneciana, realizada por la empresa Argenjuegos.
Identidad Local: En sus cenefas superiores se lucen fotografías de David Kuhnle, capturando sitios emblemáticos como La Cachuera, la Parroquia y monumentos ferroviarios.
Arte y Detalle: La artista Noelia Zamora aportó su talento en la pintura de caballete y los acabados artísticos.
El Hornero: Un Mensaje de Sanación
Inspiración para los biombos de nuestra calesita
"Yo no estaba muerto, ya no quería ser leña, quería ser árbol de tronco grueso para poder protegerlo".
El poema "El Hornero", del escritor Juan Solá, fue la obra elegida para ilustrar los biombos de la renovada calesita. Sus palabras narran la historia de un árbol que, estando a punto de secarse, encuentra una razón para florecer al cuidar de un pájaro herido. Es una metáfora sobre la resiliencia, la libertad y el amor que cura.
El Poema
El hornero apareció acurrucado entre mis ramas secas la mañana después de la tormenta. Yo estaba más cerca de ser leña que monte, pero la imagen del animal herido me conmovió tanto que elegí no morir...
... El hornero se fue para siempre. El nido entre mis ramas permaneció deshabitado, testigo de tierra del pájaro que alguna vez amé y ahora era memoria.
"Madre Tierra, susurré, dame fuerzas... que hay un hornero libre en algún lugar del monte y me urge oírlo cantar otra vez".